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Salvador Dalí reinventa una representación religiosa clásica a través de una interpretación surrealista poco usual. Tal como está simbolizado en la escultura, la fuerza y la supremacía de Dios está representada por un pulgar del cual surge toda la vida (las ramas de los árboles). A la derecha de este ser divino se encuentra la humanidad: un hombre rebosante de vitalidad. A la izquierda, la presencia del Ángel, representante del espíritu meditativo, puede observarse con sus alas en descanso y apoyado en una muleta. Aunque el hombre está unido con Dios, el conocimiento de Dios es supremo.
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