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Aunque la invasión estadounidense de Irak estuvo acompañada de protestas mundiales, el nuevo movimiento contra la guerra ha dejado de operar de forma mayoritaria en el contexto de un antiimperialismo de tipo guevarista. La táctica de «traer la guerra a casa» ha sido, en cualquiera de sus formas, abandonada. Y hay una razón para ello: parece impensable que los movimientos sociales actuales puedan llenar ese lema de contenido emancipatorio en un tiempo en el que el terror islamista, como es el de Al Qaeda, ha afectado de forma múltiple a las capitales occidentales, al tiempo que se instala como un escenario de amenaza general. La guerra ya ha «venido a casa»; ha llegado a los centros urbanos occidentales, a los cuales tuvo que ser llevada en primer lugar durante los sesenta y setenta, aunque sus efectos no hayan acabado por ser los deseados por los actores de los movimientos de aquel entonces. Al contrario, en lugar de ilustración, conciencia, empatía o radicalización emancipatoria, lo que está teniendo lugar, a consecuencia de «la guerra traída a casa», es el aislamiento institucional y psicológico. La explosión de las tecnologías y políticas securitarias ha señalado ya el final de las guerrillas urbanas de los setenta. Que el trabajo de Martha Rosler no reflexione sobre este final, y retome el hilo donde lo abandonó treinta años antes, es algo que produce perplejidad, puesto que ella misma ha enfatizado que «los criterios de coherencia artística sólo se pueden aplicar a la práctica fotográfica de manera relativa»,[27] y ha lamentado la tendencia contemporánea a escindir de su contexto las obras de arte. Si bien la continuación de la serie, a pesar de todo, favorece el vínculo con una cuestión ética, y se cuestiona en ella el punto de vista del espectador o espectadora frente a, y dentro de, la situación representada, tanto en la crítica de Von Bismarck como en la actualización de la propia obra se omite el contexto político del movimiento social emancipatorio actual y sus estrategias.
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