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“No es que yo haya sabido de nadie la situación en que vivían aquellos pobres: lo he visto con mis propios ojos; porque cuando se creó la Caridad, se determinó que, todos los primeros días de mes, los pobres que recibían limosna, se confesaran. Otros confesores y yo nos encontramos con ancianos de sesenta y más años que nos decían con franqueza que no se habían confesado nunca. Y cuando se les hablaba de Dios, de la Santísima Trinidad, de la Natividad, Pasión y Muerte de Jesucristo y de otros misterios, era algo que no entendían, se quedaban sorprendidos. Pues bien, por medio de la Cofradía, se solucionaron aquellos desórdenes. Y en poco tiempo se sacó a los pobres de las miserias del cuerpo y del alma. El Sr. Obispo de Mâcon, que por entonces era Don Luis Diner, aprobó el plan del Sr. Vicente. Los Señores del Cabildo de la Catedral y los Señores del Cabildo de San Pedro, formados por canónigos nobles de cuatro categorías, lo apoyaron. Al Sr. Chambon, deán de la catedral y al Sr. de Relets, preboste de san Pedro, les rogaron que fueran los directores con el Sr. Fallart, lugarteniente general; y todos ellos siguieron el reglamento redactado por el Sr. Vicente. A saber: que se debería redactar una lista de todos los pobres de la ciudad que quisieran avecindarse; que se les daría limosna ciertos días, y que si se les hallaba mendigando en las iglesias o por las casas, serían castigados con la prohibición de no darles nada; que los transeúntes serían alojados por una noche y se les despediría a la mañana siguiente con dos ‘sueldos; que los pobres vergonzantes de la ciudad serían atendidos en sus enfermedades y se les proporcionarían alimentos y remedios convenientes, como se hace en otros sitios donde está establecida la Caridad. Empezó a funcionar este nuevo ordenantes de reunir ningún fondo. Pero el Sr. Vicente supo tratar con tal miramiento a grandes y pequeños, que todos se prestaron voluntariamente a contribuir a tan buena obra, unos con dinero, otros con trigo, otros con géneros, según sus posibilidades; de forma que cerca de trescientos pobres fueron alojados, alimentados y mantenidos muy razonablemente. El Sr. Vicente dio la primera limosna y después se retiró”
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