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Al penetrar la espesura una humedad antigua lo envuelve. Una libélula de ocho patas y alas fibrosas vuela cerca de su cabeza produciendo un zumbido agudo. Con el aguijón enhiesto como una lanza, se precipita sobre su hembra y le introduce el arma con un chasquido humeante. Nota que las hojas que cubren el suelo, al ir adentrándose en el bosque, se mueven como si tuvieran vida propia. Pero son insectos. Innumerables insectos se deslizan bajo el manto pardo, mojado, de las hojas que se pudren. Los hay delicados como ángeles, blancos, traslúcidos, a través de cuyas pieles puede verse el corazón bombeante, los intestinos enroscados, el estómago en plena función trituradora. Los hay sólidos cual piedras, cual trozos de acero, laminados, acorazados como máquinas bélicas que parten con un movimiento aceitado de sus tenazas a otros más débiles o más lentos. Algunos devoran hojas, otros horadan la superficie creando túneles por los que se pierden bajo tierra. Cerca, junto a un árbol, una serpiente atrapa a una ardilla y trata de tragársela afanosamente. El bosque parece ondular, toma el aspecto de una gran piel: superficie de carne. Un enjambre de mariposas oscuras abanica el aire manchando la atmósfera. Víboras pequeñas, como vibrátiles dedos móviles se lanzan desde las ramas y las atrapan al vuelo. Pájaros de diversas especies les disputan las mariposas y los insectos voladores a las víboras. A veces, hasta a ellas mismas las devoran. Legiones de lombrices se desplazan bajo la hojarasca agujereando la tierra blanda. Un insecto negro y zancudo fornica con su hembra, mientras esta lo devora. El hombre ha dejado de avanzar. Se halla en el borde de un claro en el que la luz del sol se desliza por un tragaluz. El claro está cubierto de un breve césped. Desde él es imposible ver al hombre que se halla protegido por la maleza. Bajo la luz llena de gotas ínfimas, sobre la hierba rizada como pelos jóvenes, están los dos muchachos. Uno, agachado, con los pantalones bajos, deja al aire las nalgas tirantes y enrojecidas, de vellos largos y húmedos de sudor. El otro, de pie, lo penetra con furia reconcentrada que parece encontrar eco en la actividad del bosque, en el tráfico de los animales y en el ondulamiento de las plantas. El falo al entrar y salir del ano del muchacho acuclillado produce un sonido de chapoteo. Un estremecimiento recorre la espina dorsal del hombre. El muchacho agachado tiene la cara pegada a la tierra, los ojos muy abiertos y de la boca de dientes apret
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